El ángel del Señor – según la narración lucana – interceptó a unos pastores, diciéndoles: ¡No teman! Les traigo una buena noticia, que causará gran alegría a todo el pueblo: hoy les ha nacido, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Esto les servirá de señal: encontrarán al niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre”.

En esta pre-posada queremos ya evocar y remover esa alegría anunciada por el ángel del Señor a los pastores. Una alegría que tendrá que serlo para todo el pueblo. El nacimiento de un niño. Algo en verdad muy común. En rigor nada extraordinario, y sin embargo algo lleno de sentido: una nueva vida. Y para los cristianos: la Vida misma. Aquél que se revela como Vida, Camino, Verdad.

La exhortación a la alegría cobra hoy en día una importancia singular. No se trata de una alegría ingenua, ni que tenga una función de “escape”, sino una alegría comprometida, contagiosa, nacida del encuentro, una alegría para todo el Pueblo; sobre todo para aquella porción del Pueblo que ha dejado de experimentarla, porque se la han arrebatado, porque la muerte cruenta sigue cobrando terreno en la vida de muchas familias en el mundo entero, al interior de nuestra sociedad, en nuestra cotidianeidad, en la vida de nuestros amig@s.

Es allí donde especialmente tendría que llegar la alegría. Es allí donde especialmente el Señor quiere nacer, y ser alegría, esperanza, vida, luz, pero también justicia.

En el mismo relato evangélico lucano se narra que después de las palabras del ángel, los pastores decidieron: «Vayamos, pues, a Belén, y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha comunicado» (Lc 2,15). Esto – dice el Papa Francisco en su Carta Admirabile signum – “es una enseñanza muy hermosa que se muestra en la sencillez de la descripción. Los pastores se convierten en los primeros testigos de lo esencial, es decir, de la salvación que se les ofrece. Son los más humildes y los más pobres quienes saben acoger el acontecimiento de la encarnación. A Dios que viene a nuestro encuentro en el Niño Jesús, los pastores responden poniéndose en camino hacia Él, para un encuentro de amor y de agradable asombro.”

Este encuentro entre Dios y sus hijos, gracias a Jesús, es el que da vida y luz a todos por su singular belleza, y resplandece de una manera particular en el pesebre.

Que el nacimiento de Jesús, vida, nos siga motivando en nuestra búsqueda de aprender a saber amar, de ejercitarnos en el arte de ser verdaderamente humanos, de ser alegría y sabor en la vida de otros, aquí y ahora, en nuestras búsquedas de sentido, en fin, en las más diversas búsquedas de la verdad, que su presencia en el pesebre sea para nosotros la máxima orientación de nuestro saber. 

Felices fiestas decembrinas y el deseo profundo de que el 2020 sea un año marcado por la alegría, la esperanza y el amor; amor a todos y a todo, también a la sabiduría.

Dr. José Rodrigo Alcántara
Decano