El Instituto de Filosofía rindió homenaje en el Día de Muertos a Miguel León-Portilla filósofo e historiador mexicano, a periodistas y ambientalistas asesinad@s, a las víctimas de feminicidios y personas desaparecidas, estos son algunos de los textos que la comunidad académica leyó durante la explicación del significado de los niveles del altar.

Altar del Día de Muertos realizado por los y las estudiantes del Instituto de Filosofía.

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Preguntaba el poeta Mardonio Carballo en 2012 ¿Cuánto pesa un muerto?, y seguía indagando, “¿ha sentido que se le sube el muerto alguna vez?, de ser así, podría usted decir, ¿cuánto pesa un muerto? Se pudo imaginar esa sensación de terror e inmovilidad, si lo pudo imaginar se lo vuelvo a preguntar, ¿cuánto pesa un muerto?, cuánto pesan 90 mil muertos, pero si imaginamos también que cada de uno de esos muertos, sobre todo a esos a los que la muerte les llegó de manera repentina, en una esquina, con una bala, con una esquirla, sin tener tiempo de re-ver los caminos, lugares, amores, sin posibilidad alguna de recorrerlos por última vez, sin despedidas ni ritos, estamos asistiendo un México de sombras, de fantasmas que nos están recorriendo, si no nos preguntamos ¿cuánto pesan los muertos? terminaremos un día siendo Pedro Páramo visitando los llanos de un Comala muerto, ¿un muerto nos bastaba?, ¿Cómo llegamos aquí? ¿Cómo llegamos aquí? ignorando al otro, ignorando al otro, ignorando al de a lado, al de junto”.

No queremos seguir por ese camino. Hoy son más de 250 mil, los muertos que ha producido la absurda guerra contra el narcotráfico. Sus nombres vivirán en la memoria de aquellos que siguen padeciendo sus muertes, de aquellos que saben lo que pesa un muerto, de aquellos que hoy ponen un altar pensando en Salomé, Juan, Virginia, Gonzalo, y un largo etc. Hasta llegar a esa suma aterradora de muertos por la injusticia.

Ante esta situación podríamos decir sin parecer exagerados: La justicia a muerto!

Pero nuestra terca esperanza nos hace creer que esos muertos, no se van definitivamente de con nosotros, ellos nos dotan de fuerza, su muerte nos inquieta, nos indigna, nos provoca, y también nos motiva. Nos hace aprender a no ignorar al de al lado.

No ignorar, sino integrar al de a lado, al que está al lado hoy, pero también al que ha estado al lado desde ayer, como los primeros pobladores de estas tierras, que muchas veces estuvieron fuera de la visión histórica pretenciosa de aquellos que miran a México como un producto que hay que vender, y no como la cuna de sabiduría, cultura e historia viva, tal como lo constató en el pensamiento y en el corazón el Maestro Miguel León Portilla. Un apasionado del mundo nahua, sensible a la historia y visión de los vencidos, de aquellos que no han sido vistos, ni valorados en su singularidad. Por ellos vivió y produjo grandes obras el que fuera uno de los pioneros del estudio del pensamiento nahua.

Al construir nuestro altar de muertos no podíamos dejar de honrar a un hombre cuya vida terrena vio su fin el 1 de octubre pasado. “Me he reconciliado con la muerte”, confesó en una entrevista el filósofo e historiador mexicano en 2016, en la antesala de su cumpleaños número 90.

Al pensar en el gran tlamatini, el que supo leer la historia desde la visión de los vencidos, queremos ahora hacer memoria de los muertos que inspiran este altar. Y a quienes no queremos ignorar, sino mirar, conocer, nombrar y nombrando… recordar.

Rodrigo Alcántara SSCC

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Si bien la desaparición no implica una muerte biológica, sí podemos comprenderla como un tipo de muerte; una muerte que pretende eliminar el estar y la acción de un alguien en la historia, difuminando su identidad hasta el olvido.

Leónidas Donskis nos comenta que en la época en la que vivimos

Hay un temor abrumador a derrumbarse o simplemente a ser uno mismo: el temor a la insignificancia; el temor a desvanecerse en el aire y no dejar huella alguna de visibilidad y presencia; el temor de ser como los demás; el temor a estar más allá de la televisión y el mundo de los medios; lo que equivale a convertirse en una no entidad o el final de la propia existencia.[1]

Cabe preguntarnos entonces ¿en qué sostenemos nuestra existencia, nuestra identidad? ¿Cuál es la huella que queremos dejar? Es evidente que la “sociedad” – por llamar de algún modo a ese ente: sistema, Estado, o a ese grupo de personas que de cierta manera intervienen en  y toman decisiones sobre la vida de los demás – nos ofrece un sin número de “aplicaciones” en donde podemos dejar plasmado nuestro paso por el mundo: Facebook, Instagram, por mencionar algo. Es también conocido el discurso de que hay que estudiar para poder ser alguien en la vida, tener un buen trabajo, ganar suficiente dinero y adquirir  bienes  que garanticen la puesta en escena;  para asumir algún cargo o ser la referencia para grupo de personas;  y poder compartirlas en las apps antes mencionadas. Propuestas que tienen como resultado el efecto contrario: nos desvanecen y nos perdemos en la masa de esa “sociedad”.

Claramente que este miedo y la labor titánica de evitar desvanecernos,  produce angustia y, por qué no, más temores. Bauman afirma que “a fin de liberar a los seres humanos de sus miedos, la sociedad debe imponer restricciones a sus miembros”.[2] Podemos pensar que estas restricciones se presentan como verdaderas, como incuestionables, que buscan ocultar los daños  que se generan por pretender establecer un orden, un ambiente de comodidad y bienestar  que libre de más angustias y miedos, para concentrarnos en lograr <ser alguien>. Esos daños son la desigualdad, la pobreza, la corrupción, el comercio de drogas, el despojo de tierras, sueldos miserables, horas de trabajo excesivas, migración forzada, descriminación, feminicidios, asesinatos, desapariciones,   entre otros. Así, continuando con su afirmación, Bauman dice que “para perseguir la felicidad, hombres y mujeres tienen que revelarse contra esas restricciones”.[3]

Estas próximas palabras se pueden aplicar a todas las personas aquí recordadas, pero nos gustaría decirlas a partir de los estudiantes. Es grato pensar que estos se dieron cuenta que no es necesario terminar una carrera y llenarse de dinero y bienes o tener una posición social para ser alguien. Se dieron cuenta que <ya son>, y nos dicen a nosotros que <ya somos>. Ellos se rebelaron ante esas restricciones, ante el ambiente artificial de orden, comodidad y bienestar en el que estamos. Alzaron la voz; decidieron dejar huella, decidieron hacerse presentes de otra manera, no desde lo que propone la “sociedad”, sino desvelando las fallas de esta. Por tal motivo, han sido víctimas del sistema, del Estado, que por mantener el ambiente ficticio de orden, los ha desaparecido.

Recordemos que queremos entender por desaparición aquella muerte que pretende eliminar el estar y la acción de un alguien en la historia, difuminando su identidad hasta el olvido. La pretensión es que poco a poco, nos olvidemos de ellos;  olvidando que son personas, que emprendieron sueños y búsquedas, que lucharon. Es, por tanto, necesario recordarlos, tenerlos presentes, no solo como víctimas, no como un número más de las estadísticas – las cuales roban la identidad –, sino recordando sus rostros, sus nombres, sus luchas; luchas que aún continúan.

Que estos sucesos no pasen desapercibidos. Que el miedo o la angustia no nos haga indiferentes. Dejémonos afectar; miremos más allá de nosotros mismos.  Como estudiantes no podemos solo esperar a que las cosas lleguen, a que las clases pasen como si nada, a que llegue la hora de salida y nos vayamos igual que como entramos. Es momento de preguntarnos, porque <ya somos>: ¿qué huella queremos dejar?

Autor: Fernando Antonio Saracho Cruz, MSpS

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Periodistas:

Difusores de la verdad, encargados de informarnos que pasa en nuestro entorno ya sea para ayudar, celebrar o advertir pero que en la actualidad han dejado de cumplir en totalidad su trabajo pues han sido callados de manera brutal. Ya sea con extorsión, amenazas, hay alguien que no quiere que se descubra su verdad y recurre a la violencia para mantenerse a salvo.

Hay algunos que llevan su amor por la verdad más allá y son capaces de seguir comunicando lo que ocurre sin importar las consecuencias como último recurso ese alguien los desaparece de la faz de la tierra o al menos es lo que se dice.

La verdad de nuestro entorno tiene que ser dicha y escuchada pero con esta situación es casi imposible saberla, pues es ocultada o distorsiona y no es culpa de los periodistas, es culpa de ese alguien que hace de todo para lograr lo que quiere aún si eso incluye manchar sus manos de sangre de personas que solo quieren hacer bien su trabajo, que encontraron su vocación y de quienes desean ayudar a esta sociedad.

Autora: Kenia G. Fuentes.

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Nosotros dedicamos este altar a las víctimas del feminicidio, un crimen que viene arrastrándose en México desde hace mucho tiempo, pero que en los últimos veinte años ha sufrido un aumento en la incidencia, y según estadísticas del INEGI, con un promedio de cinco asesinatos de mujeres por día, o más.

Es el resultado de una cultura y de una sociedad machista, que no se ha podido erradicar por completo a pesar de las grandes y muchas luchas por la igualdad entre hombre y mujer.

Nosotros rendimos este sencillo monumento como homenaje y como tributo a las mujeres que han muerto víctimas de la injusticia, víctimas de la inseguridad, y elevamos a Dios nuestras plegarias por su eterno descanso y por la conversión de nuestra sociedad. Como religiosos y laicos comprometidos es nuestro deber trabajar por la construcción de una sociedad como la quiso Cristo, de paz, de igualdad, y de justicia.

Autor: Ernesto Dávalos


[1] BAUMAN, Zygmunt y DONSKIS, Leonidas; Ceguera moral. La pérdida de sensibilidad en la modernidad líquida, Paidós, México, 2018, p. 121.

[2] Ibidem., p. 126.

[3] Ibidem.