Rita Segato

Cuando tuve la oportunidad, la invitación de participar de esta mesa, de esta sesión, me pregunté: ¿qué es lo que me gustaría tener la oportunidad de decirle a este gran público? Y supe inmediatamente que me gustaría mucho aprovechar esta oportunidad y lo haré.

 Antes, para que se entienda algo de lo que hablaré de forma muy compacta, les pido que me tengan paciencia para que puedan entenderme mejor. Tengo también que avisarles que personalmente, no tengo ningún pudor en adherir a la teoría del complot. Sí creo que hay un complot en América Latina, contra el futuro que deseamos, por lo menos la gran mayoría de los que estamos aquí presentes.

Lo que traigo hoy para contar es un mensaje que puede sorprenderles, he dudado al decidir esta presentación hasta que entendí que cuando pensamos que hemos comprendido algo, después de observar y pensar mucho, tenemos la obligación de compartirlo, ponerlo a circular y no hay escapatoria para eso.

Desde hace más de una década, recorro como en rutina este continente latinoamericano de norte a sur. De México a Argentina. Y puedo decir que conozco a profundidad las prácticas violentas violentas de varios de sus países. México, el Salvador, Guatemala, Colombia, Argentina y Brasil. He podido concluir que son dos los procesos que conspiran contra la posibilidad de una efectiva democracia en nuestro continente: uno, lo que se conoce como el “crimen organizado”. Yo prefiero darle un nombre más generalizante: la esfera paraestatal de control de la vida, en la cual diversas formas de actividad criminal y de enriquecimiento no declarable controlan la vida de un número creciente de personas.

Nuestras repúblicas, por su defecto de fundación —no tengo tiempo para ahondar en ello, he hablado sobre eso muchas veces—, son extremadamente vulnerables a la expansión de la esfera paraestatal de control de la vida. ¿Y a qué le llamo “esfera paraestatal de control de la vida”? A varias formas de control de las sociedades, sectores sociales más vulnerables como el crimen organizado, guerras represivas paraestatales de los regímenes dictatoriales con sus fuerzas paramilitares, o las fuerzas de seguridad oficiales actuando paramilitarmente; la represión policial, con su acción de siempre, ineludiblemente en un registro estatal y en un registro paraestatal; el accionar represivo y truculento de las fuerzas de seguridad privadas, que custodian las grandes obras; las compañías contratadas en la tercerización de la guerra; las así llamadas “guerras internas de los países” o conflictos armados, son en general formas de genocidio. Son todos parte de un universo bélico, paraestatal, paramilitar, para generar formas de control de la vida con bajos niveles de formalización, no comparten ni uniformes, ni insignias o estandartes, ni territorios estatalmente delimitados, ni rituales ceremoniales que marcan el principio o el final de las guerras.

Entonces, es ese sistema que incluye las prácticas paralegales, parapoliciales y paramilitares se expande en este momento en el continente sin contención. Muchos de ellos, sobre todo de los países del triángulo norte de América Central: Honduras, el Salvador, Guatemala y también incluyo a México, son países sitiados desde su interior por formas paraestatales de control de la vida, de la población y de los territorios y esos espacios son cada vez más extensos. Ahí vemos el cuerpo de la mujer como bastidor donde se escribe la soberanía de esos dueños, nos llevan y nos guían en la lectura de América Latina.

Vi estos días una imagen que me impresionó por lo que creo que revela: a partir de 2006 en México, la línea de los homicidios crece en una línea recta, sin oscilaciones ni cambio de rumbo. Lo normal en una estadística es que en las acciones haya oscilaciones, pequeñas oscilaciones hacia arriba y hacia abajo. Hay algo curiosísimo en la estadística publicada por mi amiga Teresa Incháusegui —una gran feminista mexicana— en la que el gráfico, a partir de 2006, sube en una línea recta que parece trazada por una regla. Sin oscilaciones, ni cambios de rumbo, es linealmente ascensional. Es decir, en una línea que podría ser trazada por regla de una forma inédita, desconocida en las estadísticas del crimen, en cualquier otra estadística sobre lo humano. Es sin duda alguna una línea que demuestra la artificialidad de este fenómeno y sus causas. No se trata de una curva espontánea. Ningún trazo, ningún diseño de la naturaleza o de la historia puede ser trazado con regla. Y este aumento de los homicidios en México es un trazado de regla.

Este fenómeno, este sitio interno, esta forma de control de la vida a partir de organizaciones cuya regulación responde al principio de unidad del que he hablado en tantos textos y entrevistas, diciendo que hablar de la desigualdad hoy en día ya no es suficiente, diciendo que la existencia de dueños, de territorios y vidas, se expresa por medio de la espectacularización de su arbitrio. Y no existe nada más arbitrario que la crueldad aplicada al cuerpo de las mujeres, que no son el enemigo bélico en un imaginario arcaico. Así como también, en el cuerpo de los niños.

Esta toma de las naciones y obstáculos para la democracia es característico de México, de los países del triángulo norte, los centroamericanos y responde y recluta fuerzas que son disponibles mediante la reproducción constante del mandato de la masculinidad, con su pedagogía de la crueldad.

El segundo elemento que conspira contra nuestras democracias es integrado por dos procesos, dos métodos, dos estrategias del poder de los dueños de la vida y de la muerte, que hacen imposibles las democracias de nuestros países. Uno es el crimen organizado que, de forma muy sintética, estoy describiendo; el segundo, naturalmente, ya fue mencionado aquí: los sectores fundamentalistas de las iglesias. Coloco al mismo nivel exactamente, la entrada, la inoculación, el implante del crimen organizado en América Latina, con el implante de los fundamentalismos cristianos. Son equivalentes idénticos en su conspiración con la posibilidad de que tengamos democracias.

Hoy la grieta que dividía iglesias evangélicas de iglesias católicas, esa grieta tradicional entre el mundo de la reforma, los protestantes y los católicos, se ha desplazado a otro lugar y marca otra división mucho más importante: la división entre sectores cristianos, católicos y evangélicos del campo crítico, es decir, que quieren y desean una mejor vida para más personas, y una práctica que da algún grado de continuidad a las búsquedas de diálogo ecuménico de los años sesenta y setenta; por otro lado, sectores católicos y evangélicos fundamentalistas. La división hoy pasa por ahí. No pasa más entre reforma y catolicismo; pero pasa entre cristianismos ultraconservadores, fundamentalistas y cristianismos que dan pauta al ecumenismo e intentan conversar buscando una vida mejor para todos.

Estos fundamentalistas, estos sectores evangélicos fundamentalistas, han importado las estrategias del faccionalismo religioso religioso que destruyó el Medio Oriente, haciéndolas ingresar en nuestra región del mundo. Yo creo que esto de lo que estoy hablando es una conspiración, que hay un plan realmente de transformar América Latina en un Medio Oriente y uno de los métodos es la guerra religiosa, es el faccionalismo religioso. Hay diversos indicios que nos guían hacia esta hipótesis, aunque aún no podamos afirmar con toda certeza de que esto está siendo así.

Mis textos sobre religión, una época de trabajos analíticos sobre religión, política y nuevas territorialidades; textos cuya última publicación es de 10 años atrás, vuelven a estar en pauta. Se trata de una anexión blanda, entrada por medio de los territorios cuerpos en territorios nacionales. Es por estos dos caminos: el terror frente al arbitrio de las formas paraestatales del control de la vida y la presencia de sectores cristianos fundamentalistas, adentrados ya en nuestro continente, firmemente implantados que se da el implante de un huevo de la serpiente bergmaniano. Estos dos implantes abren el camino al fascismo en nuestras sociedades. La permanencia de una estructura institucional republicana, con procedimientos que pueden llamarse democráticos, meramente por el procedimiento de las elecciones para los cargos representativos en la política se ve mal lograda, irremediablemente, por el miedo y por el fanatismo faccional religioso. En el centro de este fanatismo religioso, o sea su clave, su manera de enunciarse es también, como en caso del control paraestatal de la vida, el cuerpo de las mujeres.

Una democracia que no es pluralista será una dictadura de la mayoría. Nos han vencido en la sociedad, créanlo, hemos vencido muchas veces en las elecciones, ahora ya no, porque nos han vencido en la sociedad. ¿Por qué? Porque confiamos demasiado en el Estado. Porque le hemos puesto todas las fichas de nuestra lucha al campo estatal. Y hemos olvidado gobernantes y gobernados que existe vida inteligente en la vida social, en la sociedad, especialmente en la vida comunal.

Entonces aquí quiero contarles un pequeño episodio, porque en un cuento es más claro de lo que quiero decir. Habla de algo que me pasó recientemente. En el proceso de traducir un texto mío al inglés para una nueva revista llamada Critical Times, me pusieron un traductor para un texto, porque traducir es de lo más difícil que existe en este mundo. Me pusieron un gran traductor de Berkeley, un profesor de traducción llamado Ramsey McGlazer. Lo tradujo perfecto, pero cuando llegó a la expresión a esa categoría que uso bastante, que es “el mandato de masculinidad”, McGlazer me dijo: “no existe en inglés”. Esa categoría, esa frase, esa expresión no es de la lengua inglesa: no existe. En mis últimos textos esa categoría es central, porque digo que la única manera de reorientar la historia es desmontar el mandato de masculinidad.

No habría a quien reclutar, porque el reclutamiento para toda guerra como las maras, pandillas, paras, militares, oficiales y no oficiales son hechas porque hay hombres que están formateados al fuego, al calor del mandato de masculinidad. No hay a quien reclutar sin ese mandato. Entonces, estaba escribiendo esto y el traductor me dice: “No, lo voy a traducir como the rule of masculinity”, o sea: la regla de la masculinidad. Yo repuse: “no, la regla de la masculinidad no es lo mismo”. Esto se debe a que el mandato de la masculinidad tiene una ambigüedad: por un lado, es una investidura —el hombre está investido de hombre—; pero, por otro lado, hay imposiciones. Hay condiciones para mantener esa investidura. Por eso, tiene una duplicidad, tiene una ambigüedad, como en la noción de sujeto en Michel Foucault.

Entonces, fui yo misma a Google y pulsé “mandato de masculinidad” o “masculine mandate / mandate of masculinity”. Lo que apareció en Google tuvo un sorprendente impacto en mí. Esperé todo. Esperé que no existiera, pero no esperé eso. Porque esa expresión “the masculine mandate” es la expresión del título de un libro de la teología cristiana de ultraderecha. Absolutamente ultrafundamentalista. Es de un autor llamado Richard Phillips, nieto de oficiales, hijo de oficial del ejército norteamericano que pasa directamente de su labor en el ejército norteamericano a la iglesia. Y entonces, como pastor presbiteriano y oficial del ejército, publica este libro llamado The Masculine Mandate (El mandato de masculinidad). En esa obra muestra que en el mundo la imagen y semejanza de Dios no somos nosotras. Esto es lo que quería contarles porque es muy revelador, El mandato de masculinidad es muy interesante: la imagen y semejanza de Dios es de los hombres, que están llamados a dirigir, amar a sus esposas y disciplinar a sus hijos. Y esa es la forma de servir a la Iglesia de Jesucristo.

Por otra parte, uno y dos: el crimen organizado y la adhesión irrestricta y fervorosa de las masas populares a las iglesias nuevas: las iglesias fundamentalistas es explicable; porque la gente también ve en las iglesias la salvación de la dualidad, la salvación con relación al aspecto más conservador y faccional. Se le aparecen a la gente como una forma de ponerse al amparo del control social arbitrario de los paraestados que se expanden en nuestro continente. Entonces, hay un vínculo entre esos dos momentos, dos procesos de la sociedad. Estas dos fuerzas, pero sobre todo el fundamentalismo, nos hace saber a nosotras las mujeres algo que no sabíamos: que, por el efecto de la minoritización, es decir, el efecto de una estructura colonial moderna hay una indicación que distingue los temas centrales: las finanzas, la política, la salud, la educación, los temas del centro y de los temas de minorías, de las parcialidades o de interés particular.

Nosotros adherimos equivocadamente a esa idea de temas de centro del interés y temas de interés particular. Entonces, estos nuestros antagonistas de proyecto histórico son los que nos están diciendo la centralidad de la cuestión de la mujer. Ellos que apuntan hacia nuestros descubrimientos, nuestros conceptos: género. En Brasil hay proyectos para prohibir el uso de la palabra género en la escuela, por ejemplo, son proyectos extremos de cancelar la reflexión propia de este lado de nuestro proyecto histórico. Estos antagonistas nos están diciendo que nosotras las mujeres, nuestras luchas son centrales porque desequilibran el poder. Erosionan la plataforma de todos los poderes. Nos muestran con esto que la minoritización es un error, porque lo colocan en el centro de sus intereses, en el centro de sus propuestas, de todo aquello que persiguen y quieren cancelar. Colocan nuestros proyectos, nuestras metas políticas. El fundamentalismo se expresa en el control del cuerpo de las mujeres: de sus vientres, de su libertad y soberanía. Nuestros antagonistas de proyecto histórico nos muestran: por un lado, el error de la minoritización de las políticas y de las identidades que acataron ser identidades políticas como minorías; por otro lado, el error de la fe estatal. Tomamos el Estado, pero ellos trabajaron en la sociedad. El error de considerar el campo del Estado plausible de ser ocupado para reorientar la historia. La historia se reorienta como lo hicieron ellos, como nos acaban de enseñar: en la sociedad misma. Desde el Estado, no hemos visto que haya sido posible.

Reconstruir la comunalidad, vincular y retomar la historia de la politicidad femenina: destruida, cancelada, represada y capturada en el espacio nuclear privatizado e íntimo de la familia es indispensable. Una politicidad en clave femenina es: no por esencia, sino por experiencia histórica acumulada. En primer lugar, una política del arraigo espacial y comunitario. No es utópica, sino tópica, pragmática y orientada por las contingencias y no principista en su moralidad. Próxima y no burocrática. Investida en el proceso más que en el producto. Y sobre todo, solucionadora de problemas y preservadora de la vida aquí y ahora. (1)

Segato, Rita. (2019) Conferencia: Desmontar el mandato de masculinidad, Revista Piezas en diálogo filosofía y ciencias humanas, N°28, Pp.16-21.

  1. Palabras pronunciadas por Rita Segato en la 8º Conferencia Latinoamericana y Caribeña de Ciencias Sociales / Primer Foro Mundial del Pensamiento Crítico celebrado de 19 al 23 de noviembre de 2018 en la ciudad de Buenos Aires, Argentina.