El Papa Francisco ha denunciado en varias ocasiones la injusta desigualdad económica. Los datos conocidos son escandalosos: de continuar el proceso neoliberal vigente, dentro de 10 años el 1% de la población mundial poseerá el 99% de la riqueza mundial. Un puñado de superricos (unas 6,000 personas, entre financieros, militares, políticos, líderes de las comunicaciones, del deporte y del espectáculo, etc.) controlan el mundo y constituyen un gobierno mundial. Las riquezas acumuladas por unas cuantas megacorporaciones y sus instituciones financieras imponen sus decisiones a los Gobiernos, defendidas con sofisticado armamentismo y espionaje. El principio de la maximalización de la ganancia conduce hacia efectos amenazantes: el agotamiento de los recursos naturales, la destrucción de medio ambiente y el empobrecimiento creciente de miles de millones de seres humanos. Es lo que el Papa denomina “la cultura del descarte” (se “descartan” como obsoletos millones de toneladas de productos diseñados para ser desechados, igual que se descartan centenares de millones de personas, que se quedan sin país donde sobre vivir y sin satisfacer sus necesidades más elementales). Esto, al mismo tiempo del desarrollo de impactantes “avances” tecnológicos jamás soñados; pero destinados a minorías hiperconsumistas, gracias a una tecnología diseñada para prescindir del trabajo humano: grandes masas en calidad de “descarte”.
Toda esta maquinaria (que podría calificarse de “infernal”) cobra autonomía, como en el legendario Frankenstein que mata a su creador. Quienes se encuentran identificados con ella se convierten en servidores suyos, sin que nadie pueda hacer nada para desmontarla. El Capital mundial se ha convertido en un ídolo cruel, que exige el sacrificio humano por hambre o por las armas, y lo que es peor, exige el sacrificio de la propia conciencia. Este “rico” es incompatible con el Evangelio, que busca fraternidad y justicia; entre Dios y el sistema de ganancias actuales hay incompatibilidad radical.
En tiempos de Jesús: Israel conservaba su vocación inicial fraguada en el desierto, con sus estructuras fraternas (las tierras volvían a sus propietarios originales…). Pero con las Ciudades, deudas e impuestos despojaban a los campesinos de sus tierras. Un “rico” urbano era un saqueador. Como decían los Santos Padres, “en el origen de los grandes capitales hubo siempre rapiña”.
 Esto escandalizó a los apóstoles –“¿Entonces quién puede salvarse?”-. Los ricos eran visto como los justos, mientras que los pobres estaban hundidos en sentimiento de culpabilidad, como “impuros”. También hoy, son la “gente decente”, con su peculiar “moral”, que intenta justificarse con interpretaciones forzadas de camellos elásticos y agujas gigantes. Por eso, Jesús pide a sus seguidores el desprendimiento de la propiedad individual, y trabajar por un nuevo proyecto de economía solidaria, en el que se recuperen “casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y tierras”. Obviamente, esto no podrá darse, más que “con persecuciones”, pues los ricos se sentirán amenazados, ya que no los podrán explotar, y tratarán de deshacerse de ellos.
El joven rico de hoy llevaba, ciertamente, una vida “moral”; tenía su concepción de lo bueno y lo malo según la moralidad vigente, lo convencional (los “mandamientos”). Jesús lo remite a otra perspectiva ética fundamentada en lo absoluto, que sólo lo es Dios y el pobre, y no los principios de la Economía de mercado, publicitados como sagrados e inmutables. Desde allí, los “negocios” deben juzgarse desde esta dimensión ética, que no suele tomarse en cuenta. Allí Dios no tiene qué ver, como dijo Job Bush sobre el Papa: “para cuestiones económicas no voy a misa, no le pregunto al sacerdote… o al Papa”.
Pero Jesús no se cierra totalmente a personas ricas: “Para Dios nada es imposible”. Hay ricos que han sido muy importantes en la construcción del Reino: tienen formación, contactos, capacidades.
Sólo queda, pues, o el proyecto de la maximalización de la ganancia, que lleva a la muerte y al exterminio, o el proyecto de Dios, el de la fraternidad construida desde los desposeídos, de renuncia a intereses particulares para recuperarse en una economía solidaria, enriquecida de lasos compasivos más profundos que los de la sangre. ¿Somos cómplices inconscientes de este proyecto de muerte o intentamos entrar en el proyecto de Vida, el de Dios?
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La Atalaya del Centinela