Esta semana hemos conmemorado varios aniversarios que tienen a la política como elemento común: el día 13 recordamos a un político chileno, Salvador Allende, quien intentó un Gobierno desde los empobrecidos y que, por lo mismo, en 1971 fue asesinado por los poderes militar y económico. El día 15 en todo el mundo fue el Día Internacional de la Democracia, propuesto por la ONU, y pudimos reflexionar sobre cómo podríamos abrirle paso a este régimen, del que en nuestro país hemos tenido poca experiencia. Ese mismo día, México recordó una independencia respecto de España, y este año hicimos más conciencia de la gran dependencia que aún tenemos del extranjero, y lamentamos el entreguismo poco patriotismo de nuestra clase gobernante que entrega nuestros recursos al extranjero. Un ejemplo de esta falta de patriotismo es, mientras se discute el presupuesto del próximo año, en momentos en que se requieren sacrificios y que se sufren recortes en educación, salud y gasto social, las autoridades legislativas y judiciales se aumentaron su ya jugoso salario. El día 19, recordamos cómo ante una catástrofe de gran magnitud en la Ciudad de México, la sociedad civil ganó en iniciativa a la pasmada sociedad política y salieron a luz varios casos de corrupción. Finalmente, el próximo día 26 habrá pasado un año del lamentable suceso de Ayotzinapa, quedando hasta ahora sin satisfacer los reclamos de justicia y de verdad ante las autoridades.


  La clase política mexicana defiende celosamente sus puestos e impide el relevo generacional. Atravesando los Partidos Políticos, el sistema resulta demasiado caro, hay manipulación, corrupción, fraude electoral y entreguismo apátrida…

   El poder de dominación -a diferencia del “poder” entendido como capacidad (yo puedo hacer esto)- es obligar a otros a que hagan lo que yo quiero. Esta es la gran tentación que convierte al hombre en lobo de sus semejantes: los más fuertes se aprovechan de los débiles para sus intereses egoístas, y gracias a ello, obtienen riqueza y placer sádico. Sin embargo, para obtener este poder se habrá requerido cierta justificación: la dinastía de la sangre, la elección divina, o el pretender que se protege a la colectividad y se la gobierna justamente.

   La dominación se fue ampliando en extensión y en intensidad. Ha asumido diversos regímenes: la esclavitud, la servidumbre feudal, la monarquía absoluta, la oligarquía… Por ahora, la democracia representativa es el menos peor de los regímenes. En ella se supone que la autoridad dimana del pueblo y de los gobernados, y que “se manda obedeciendo”.

    Hay que reconocer que en todos los regímenes ha habido gobernantes justos y sabios; pero estos han sido excepción. Líderes de buena voluntad llegan a convencerse que desde el poder resulta más fácil hacer avanzar proyectos de justicia y de civilización, por eso no extraña que incluso Jesús mismo haya sido tentado por esta posibilidad: cumplir su misión como Mesías desde el poder. Así hubiera cedido, habría respondido, ciertamente, a las expectativas mesiánicas de aquel tiempo; pero apoyado en algunos textos proféticos. Jesús llegó al convencimiento de que no era esta la Voluntad de su Padre, sino que Él quería un mesianismo solidario, que se mantuviese siempre fiel a su condición humana, sin utilizar poderes sobrenaturales, y esto implicaría el rechazo de las autoridades religiosas, el sufrimiento y la condena a muerte… aunque finalmente, el Padre Dios le haría justicia.

    Ahora vemos a Jesús camino de Cafarnaúm. Conmovido, se está sincerando con los discípulos más cercanos, tratando de explicarles -a ellos y a sí mismo- las razones de esta opción… pero notaba que los que venían detrás discutían entre sí muy animados. ¡Cuánta paciencia tuvo que tener para formar a sus apóstoles! Era muy difícil aceptar este cambio de perspectivas, pues su mesianismo podría terminar en un aparente fracaso. Lo que ellos discutían, era ni más ni menos sobre ¿Quién sería el más importante entre ellos? ¿Quién tendría mayor poder?

    Al llegar a su destino, Jesús dio un vuelco de 180 grados al concepto de autoridad. A diferencia de los poderosos de cualquier tiempo -que utilizan un cargo de gobierno en beneficio de sus intereses-, en su Reino futuro la autoridad habría de ser servicio de los demás.

    “La política como vocación, es la más noble. La política como negocio es el más vil”. Un político de vocación es un “servidor público”, es decir, utiliza su autoridad (moral) para servir mejor al público, a la gente, mediante un Gobierno justo y eficiente. En el Reino ideal de Jesús, los políticos han de hacerse niños, tomando en cuenta que en aquellos tiempos la infancia era la edad del terror: los niños estaban totalmente indefensos; cualquiera los podía mandar y el padre mismo decidía si los aceptaba en la familia o si los vendía como esclavos. Un buen Gobierno deberá ejercerse a partir de los niños: de los vulnerables, de los que carecen de poder… tendiendo a “empoderarlos”, es decir, a crear un poder colectivo de los discriminados de la Tierra. Por parte de los gobernados, les corresponderá mayor participación y control de quienes recibieron nuestro mandato.

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La Atalaya del Centinela